El duelo del aborto

Cuando deseas con muchas ganas tener un hijo no hay una forma buena de tomarse la interrupción involuntaria. Por eso mismo, porque es involuntaria, porque te culpas una y otra vez en que habrás fallado, en si tomaste las mejores decisiones. En aquel día que no descansaste lo suficiente, o te comiste un trozo de queso sin mirar si era pasteurizado.

Si además de eso, el embarazo proviene de algún tratamiento de reproducción asistida, el varapalo es aún mayor. De todas las fases superadas quedarte en esta es la más complicada, implica un dolor emocional y también físico. Genera dolor y frustración a partes iguales.

Cuando estaba embarazada de 8 semanas de mi primer tratamiento, un día me desperté y sentí que no sentía nada. Es muy difícil explicar ese presentimiento, espiar y escudriñar tu cuerpo a tope, y pensar si será normal que donde hace unos días había cansancio, ahora haya vitalidad y normalidad. Mi pecho, que antes no soportaba los roces, ahora aguantaba mi pushup de siempre. Tras dos días retrasando lo inevitable, me dirigí a urgencias un Sábado a las 7 a.m, en contra de la opinión de mi marido y sin saber muy bien que contarle al doctor, pasé a la consulta. Recuerdo que me temblaba todo y que solo acerté a decirle que estaba embarazada y no me encontraba bien. Nada más pasar a la camilla y sin ningún paño caliente, aquel médico bajito y con gafas, me confirmó que no había latido. Ni siquiera tuvo la delicadeza de esperar a que mi marido entrara. Me escuchó romper a llorar sin decir una sola palabra, mientras con movimientos casi mecánicos, como quien ha visto esta escena muchas veces, se levantaba, dejaba el ecografo y se iba hacia la mesa, como sino fuera con él. Lo dijo así, en frío, porque ni sus años llegaban a imaginarse en nuestra situación, ni su interés propio parecía muy relacionado con su vocación supuesta en ese momento.

Después de eso me levanté y me vestí, y ya en la mesa, me dio una hoja escrita por delante y por detrás con las opciones que tenía. Ni siquiera me explicó nada, me dijo que saliera a la sala de espera, que lo leyera, y que en lo que tenían los resultados de mi análisis de sangre debía decidir que hacer.

Recuerdo que fuí muy fuerte, en ese momento y en los que aún quedaban por llegar. Elegí pastillas, con aquella premisa de que el útero queda intacto para un nuevo embarazo. Aún recuerdo esa sensación de vaciarme por dentro, sin saber si médicamente estaba bien o no. Recuerdo estar mareada, hacer un gran esfuerzo por ir del sofá al baño, manchar varios pantalones. Para al final caer dormida, exhausta entre las lágrimas y el desgaste físico…

No me dí tiempo al duelo, no quería, no podía rendirme y el Lunes me fuí a trabajar. Como nadie sabía nada, todo transcurrió como un Lunes normal por fuera, pero muy negro por dentro. Porque nadie te enseña como enfrentarte, y recoger los trocitos y seguir con mi rutina, fue mi defensa. ¿Cuál fue la vuestra?.

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