Mi historia: Parte XIII

Si quieres saber que pasó antes: Parte XII, Parte XI, Parte X, Parte IX, Parte VIII, Parte VII, Parte VI, Parte V, Parte IV, Parte III, Parte II y Parte I

Pues estaba en mi segunda fiv, de alguna forma, mi obsesión era que no pasara un año entre mi anterior fiv y la nueva, me daba sensación de perder menos el tiempo, por así decirlo.

Aunque los controles empezaron algo vacilantes, la cosa echó a andar, y se veían 11 folículos, no estaba nada mal. Si bien es cierto que iban leeeeentos, iban seguros. Ya os conté que en mi otra fiv creo que me programaron la punción un pelín pronto, lo que hizo que muchos de mis óvulos no fueran maduros, hay chicas que necesitan 7 días y otras que necesitamos 14!. Pero los problemas empezaron en el tercer control, se veía algo en el endometrio… el famoso líquido hizo acto de presencia, y yo me hundí profundamente, recuerdo que se me saltaron las lágrimas, y que mi docotora me consoló como pudo.

Aún así, seguimos adelante, porque el ciclo parecía bueno, pero no habría transferencia. Yo me hundí muchísimo, porque pensaba que seguía habiendo algo que no veíamos y que además, era algo muy determinante, porque de poco me servían los 11 folículos si luego no podía haber implantación. Me acordaba de lo que habíamos tardado la otra vez hasta llegar a tener un buen endometrio, y eso unido a las hormonas de la estimulación, hizo que pasara unos días bastante horribles, con muchos nervios, dolores de cabeza y bajones.

Por fin llegó la punción, tras 2 largas semanas de estimulación. Al salir me dieron 2 noticias, una buena, de los 11 folículos, 10 parecían maduros. Y una mala, se confirmaba el líquido en el endometrio, y me traía una impresión de la eco que había realizado mientras estaba sedada, en ella se veía claramente un endometrio poco engrosado, y en el interior una especie de líquido blanco que arruinaba mis potenciales transferencias. Estaba tan agotada, que simplemente escuché la información y me di un tiempo para pensar. Necesitaba descansar.

Unos días después supimos que 3 embriones habían llegado a blasto, no estaba mal. Nos citaron en la clínica. Como única solución, después de haber hecho tantas pruebas y siempre normales, era realizar una laparoscopia con anestesia general y ver de cerca que pasaba en el utero y que pasaba en las trompas.

Yo creo que todos en la vida le tenemos miedo a algo, un miedo de esos incontrolable, que te para y no te deja ni pensar ni seguir. Bueno, pues a mí ese miedo me lo da la anestesia. Durante los escasos 20 días que pasaron entre mi punción y el día programado de la operación, recuerdo que se me pasaron mil cosas por la cabeza. Estaba irritable, nerviosa, era incapaz de concentrarme en el trabajo, ocupaba las tardes llorando y rezando porque pasase algo, no sabía muy bien que esperaba, pero quería que ocurriese algo, algo que paralizase el tiempo en ese momento y no tener que enfrentarme a esa operación.

Meterse voluntariamente en un quirófano cuando tienes pánico, cuando aún sueñas con sangre, cuando quieres tener un hijo con todas tus fuerzas y ves que no hay otra solución, cuando no sabes a que te enfrentas, y sobre todo cuando hay gente que se queda embarazada sin pretenderlo si quiera, es duro, es muy duro. Durante esos días, abrazaba continuamente a mis perros pensando que quizá nunca los iba a ver más, pensaba que era un límite que estaba traspasando y que no debía hacerlo… ponerme en riesgo por una posibilidad solo…

Sin embargo lo hice. Quería restarle importancia al asunto de cara a los demás, mientras por dentro me moría de miedo. Aquella noche no dormí mucho, y cuando llegó la hora de levantarme, metí en una maletita que me había prestado mi madre, un pijama, ropa interior de cambio y algunos efectos personales de aseo. Nada más, nada personal, porque no pasaba nada, en 48 horas volvería a estar en casa, con mis cosas, con mis perros… fuí todo el camino al hospital sin hablar, cabizabaja. Ingresé a las 8:00, solo fuimos J, mi madre y yo, preferí que mi padre no viniese y se quedase tranquilo en casa, pues bastante tiene con su enfermedad. Apareció una enfermera muy maja, me sonaba, hasta que ella me dijo: «yo te conozco», y en ese momento me di cuenta, de que era la misma chica joven que me atendió el día de la hemorragia. Hablamos un poquito, me tranquilizó. Me dio una pastilla para ponerme debajo de la lengua, se supone que aquello me sedaría un poco antes de entrar, cosa que no pasó…

Y de todo se sale. Dice mi padre que no existe problema que no tenga solución mientras estemos vivos. A las 11:30 despertaba tras 1 hora de operación, y despertaba con una trompa menos. Aunque nunca dio la cara, estaba dilatada y obstruida por dentro. Ya había algo a quien echarle la culpa del problema de mi endometrio. Una trompa que nació conmigo y que perdí en todo este proceso…

Os parecerá una tonteria, pero sobre todo ahora, en Verano, al verme la cicatriz en bikini, me siento fuerte, me siento superviviente. Y solo espero que todo este sacrificio físico y mental me lleve a un final feliz.

Ya queda muy poco para llegar a mi estado actual… pero será en otro post. Antes hay que leer la parte XIV de esta historia…

5 comentarios sobre “Mi historia: Parte XIII

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