Cuando la ayuda no te ayuda

Cuando empecé en esto, si había algo que me daba miedo era acabar destruida emocionalmente. Sabía que el proceso podía ser muy largo y muy duro, pese a saber eso, me creía lo suficientemente fuerte como para afrontarlo sola, sin ayuda profesional. Siempre he sido una persona valiente, con una voluntad de hierro, he superado muchas cosas y esto no se me iba a resistir. Quizá también, albergaba la esperanza de que si todo iba bien y funcionaba a la primera, me iba a olvidar muy rápido de esto.

Pero no fue así, los meses pasaban, las pruebas, los tratamientos, las cancelaciones. Y tu mente cambia, la pareja se resiente, te va minando, no ves luz.Pero no solo tu mente cambia. Una cosa que no te cuentan sobre los TRA son los cambios en tu cuerpo, en mi caso, retención de líquidos, acné, caída del pelo, insomnio… Eso unido a los altibajos emocionales provocados por las hormonas y el propio proceso, hace que sea un caldo de cultivo para hundir hasta la torre más alta del mundo.

Durante este tiempo no sólo he pensado que tenía que renunciar a mi sueño, sino que además, me hacía mayor a pasos gigantes, que mi cuerpo cambiaba y que mi capacidad de adaptación al medio desaparecía. He tenido ataques de llanto, de tristeza profunda, y lo peor, de ira. He visto afectado mi trabajo, he llorado al ver el calendario, he llorado al ver mi piel destrozada, he renunciado a arreglarme, a viajar, a mis amigos, a salir, y en una palabra, casi a vivir.

Yo creía que J y mi madre serían suficientes para ayudarme, que en ellos encontraría esa comprensión y cariño necesario para afrontar la situación. Pero en mi caso, no lo fueron, no sólo no ayudaban sino que han empeorado muchos momentos en los que no han entendido que me pasaba ni el porqué de mis reacciones.

Decidí buscar ayuda profesional recomendada por mi propia clínica. No tengo nada en contra de la psicóloga que durante algunas sesiones, trató de hacerme ver lo que me pasaba, pero lo cierto es que a mí su ayuda, no me ayudaba. Íbamos J y yo, y aquellos 50 minutos se convertían en una especie de terapia de pareja que no llegaba a ninguna parte, ya que apenas tocábamos superficialmente mis problemas.

Pensé en confiar todo a una amiga, pero no fui capaz, este tema me parece tan íntimo y privado que el miedo a sentirme juzgada o peor, a dar pena, me frenó en seco.

Pero siempre hay una esperanza, y os digo que si necesitáis ayuda, toquéis todas las puertas posibles. Después de un día bastante malo, cogí la tarjeta del seguro y llamé para orientarme sobre algún centro de terapia, me daba igual el que fuera, «el que esté más cerca de mi casa» recuerdo que le dije, no quería ni necesitaba que fueran expertos en procesos de infertilidad porque por aquel entonces yo ya tenía demasiados problemas más añadidos.

Era un hombre, aquello me tiró para atrás antes de entrar, pero he de decir que a día de hoy he conseguido mejorar, ha entendido mis problemas, mis necesidades y mis inquietudes. He sido capaz de abrirme, y aunque aún me queda mucho para volver a ser quien era, empiezo a ver un poquito de luz en este camino, o al menos voy aprendiendo a encender linternas para no darme tan fuerte.

Si os encontráis alguna vez en esta situación, si creéis que la ayuda no os ayuda, cerrad puertas… y abrid ventanas.

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